Dos trabajadores de una tienda en el Aeon Mall de Kashima, en la prefectura de Kumamoto, murieron tras ser enviados de regreso al edificio dañado por el terremoto de magnitud 7.1 para recuperar el dinero de las ventas. El caso ha generado una profunda conmoción en Japón y ha reabierto el debate sobre la responsabilidad empresarial en situaciones de emergencia.

El sismo, ocurrido el 28 de julio, dejó un saldo de 38 muertos en la región. Siete de esas víctimas fallecieron en el Aeon Mall, incluido el par de empleados de la tienda Habita. Según el gerente de ventas de la compañía, Goji Yuse, la empresa ordenó a los dos trabajadores que introdujeran los ingresos del día en la caja fuerte. Uno de ellos ha sido identificado como Kurumi Otake, de 22 años. La identidad del segundo empleado no ha sido revelada públicamente.
Otake había evacuado el centro comercial tras el terremoto, pero fue vista reingresando al edificio. Poco después se produjo una explosión, atribuida por el operador del mall a una fuga de gas. El establecimiento colapsó. Alrededor de 3.000 compradores ya habían sido evacuados al estacionamiento, pero algunos empleados permanecían en el interior.
Representantes de la empresa asistieron el domingo al velatorio de Otake y pidieron disculpas a la familia. “Mirando hacia atrás ahora, no valía una vida”, reconocieron. La madre de la joven expresó su dolor con palabras contundentes: “Mi hija no va a volver. Ojalá alguien la hubiera detenido”. Un familiar la describió como una persona con “un fuerte sentido de la justicia” y añadió: “Si no hubiera regresado a la tienda en ese momento, Kurumi seguiría con su familia hoy”.
La tragedia se suma a un panorama de devastación más amplio. El terremoto destruyó unas 700 viviendas y dañó más de 11.300 edificios. Al menos 114 personas resultaron heridas. Más de 8.500 habitantes permanecen en refugios de emergencia improvisados —centros comunitarios, gimnasios escolares y aulas—, muchos de ellos sin aire acondicionado. Otros duermen en vehículos en estacionamientos de ayuntamientos y parques, o a la intemperie junto a sus casas.
Las condiciones climáticas han agravado la crisis. Temperaturas cercanas a los 40 °C, falta de agua (más de 46.000 hogares sin suministro) y escasez de combustible han complicado las labores de reparación y la vida cotidiana. Una mujer de unos 70 años murió por golpe de calor tras verse obligada a dormir en su automóvil, que se quedó sin gasolina.
La compañía Habita ha expresado su pesar por “la pérdida de dos vidas preciosas”. El caso ilustra de manera dramática los dilemas que enfrentan los trabajadores cuando las órdenes empresariales chocan con la seguridad personal en momentos de catástrofe. Mientras las labores de búsqueda y rescate continúan y miles de personas siguen desplazadas, la historia de Kurumi Otake y su compañero se ha convertido en un símbolo doloroso de una tragedia que Japón aún está asimilando.