Hasim Lumbessy, de 35 años, regresaba solo a casa tras una noche de fiesta en un bar rural de las islas Sula, en el norte de Maluku (Indonesia). Eran las 3 de la madrugada del lunes 27 de julio cuando, a lo largo de un sendero forestal, un pitón reticulado de 7 metros (23 pies) saltó desde la maleza, le clavó las mandíbulas en la pierna y lo envolvió con sus potentes anillos. El hombre no pudo liberarse. El reptil lo estranguló hasta la muerte y después se lo tragó entero.

Al día siguiente, cuando Hasim no regresó, sus familiares iniciaron la búsqueda. En mitad del camino encontraron sangre, una mochila, un bolso bandolera y las sandalias del joven. Siguieron el rastro de hierba aplastada hasta un claro del bosque cercano a la carretera Fatliwangka. Allí hallaron una serpiente hinchada de forma grotesca. Los aldeanos abrieron el vientre del animal y recuperaron el cuerpo de Hasim, que fue entregado a su familia para los ritos religiosos.
El jefe de policía de las islas Sula, Handres, confirmó los hechos y advirtió a la población: “Esta zona sigue siendo hábitat de fauna salvaje. Pedimos a la gente que tenga cuidado cuando vaya a sus huertos; si es posible, que no vaya sola al bosque para reducir el riesgo de incidentes similares”.

No es un caso aislado. Solo un mes antes, en la misma provincia, el motociclista Lifas, de 25 años, fue atacado por un pitón de 22 pies cuando se detuvo al borde de un camino de tierra. Poco tiempo atrás, Elisabet Yamalau, de 44 años, murió a manos de un ejemplar de 25 pies mientras cuidaba su ganado; su marido la encontró parcialmente introducida en la boca de la serpiente.
Los pitones reticulados (Malayopython reticulatus) habitan gran parte del sudeste asiático. Su dieta incluye gatos, perros, aves, otros reptiles e, ocasionalmente, seres humanos. Son emboscadores: permanecen inmóviles entre la vegetación al borde de los senderos y atacan en el momento preciso. El clima tropical y la abundancia de presas en los bosques indonesios favorecen poblaciones densas de estos animales, los más largos del planeta.
Ron Lilley, conocido como el “Susurrador de Serpientes”, vive en Bali y es miembro fundador de la Sociedad Herpetológica de Indonesia. Explica el mecanismo del ataque con precisión: “Los pitones son depredadores de emboscada. Esperan en la maleza junto a los caminos por donde pasan animales y personas. Pueden morder y envolver inmediatamente a un humano, constriñéndolo hasta que deja de respirar. No necesitan romper huesos”.
Lilley revela el detalle que, según su experiencia, podría haber marcado la diferencia en una situación como la de Hasim: “Puede ser posible levantar rápidamente un brazo para impedir que la serpiente se envuelva solo alrededor del cuello y la cara”. En una ocasión, él mismo fue atacado por un pitón en un recinto del Reino Unido: “Estaba solo. Me mordió el hombro, pero logré golpearle el hocico con un cepillo antes de que pudiera enrollarse. Por fortuna soltó de inmediato. Sus dientes atravesaron cuatro capas de ropa y causaron heridas profundas”.
Su consejo es contundente: “Nunca camines solo en territorio de pitones. Unas gotas de alcohol vertidas en el lateral de la boca del animal pueden hacer que suelte la mordida”.
El caso de Hasim Lumbessy no es solo una tragedia local. Es un recordatorio brutal de cómo, en las zonas de contacto entre humanos y fauna silvestre, un simple paseo nocturno puede convertirse en una emboscada mortal. Las autoridades locales insisten: la precaución, la compañía y el conocimiento del entorno siguen siendo las únicas herramientas reales de supervivencia.